Siempre dije que no me veía a los 40 trabajando en consultoría. Si bien lo he disfrutado mucho tiempo, tenía una asignatura pendiente con la docencia. Sabía que en algún momento iba callar a esa vocecilla interior que me alentaba a intentarlo. Por otro lado, pensaba también que a esa edad tendría hijos, me imaginaba compartiendo tiempo con ellos y disfrutando de una jornada laboral reducida.

Con el paso del tiempo, siempre estuve formándome en temas que me gustaban de cara a plantearme un Plan B. Pero hay cosas que no dependen de uno, como por ejemplo el tener hijos. 

De repente, cuando crees que ya no iba a venir… Ahí estaba ella, tan chiquita y deseando ser descubierta. Avanzados mis 40 nació la niña más preciosa que jamás había visto, ni veré 🙂

Luego de la baja maternal, volví a la consultoría con mi jornada partida en dos. Se le suele llamar “reducida” a la de por las mañanas porque vas menos horas y te pagan menos por ello, aunque tus objetivos suelen ser muchas veces como cuando tenías jornada normal… Y extremadamente “intensiva” por las tardes, aunque lo intenso no quita lo gratificante que es descubrir cada nueva cosita que esos seres tan pequeños tienen para regalarnos a diario. Luego dormía 4 o 5 hs y volvía a empezar.

Al final, se podría decir que el universo movió sus fichas y un año más tarde. Justamente, el último día de mis 40 años, con algo de pena y temor dejé la consultoría.